Cuando iniciamos cualquier tipo de terapia, el primer paso siempre es darnos cuenta de que está pasando algo que se nos escapa.
Algo no encaja. Algo se repite. Algo nos supera. Nos mueve a pedir ayuda.
El segundo paso —más importante todavía— es asumir algo que a veces cuesta mucho aceptar: no tenemos vidas perfectas.
No podemos pretender que todo el camino sea idílico.
No podemos pretender que, pase lo que pase en nuestro contexto vital, la emoción de nuestros perros (o la nuestra) permanezca intacta, estable y regulada.
Porque no funciona así.

Hay una parte especialmente dura de comprender:
mientras determinadas situaciones estén presentes… determinadas emociones y conductas seguirán apareciendo.
Puedo intentar minimizar el impacto.
Puedo ofrecer alternativas si entiendo la raíz de lo que ocurre.
Puedo trabajar herramientas de regulación.
Pero si el estímulo, el contexto o la condición siguen activos, las consecuencias seguirán existiendo.
Las terapias milagrosas, los cambios inmediatos y las «manadas que curan» no existen. Si quieres trabajar la raíz, no existen atajos.
Esto no es pesimismo. Esto no es una oda al «da igual lo que hagas». No es determinismo catastrófico.
Es la vida imperfecta de un mundo imperfecto. Y ojo, imperfecto no significa infeliz, desesperanzado, resignado.
Hay situaciones que dependen de nosotros.
Por ejemplo:
Me doy cuenta de que cuando vienen visitas desconocidas a casa, a mi perro la situación le supera. Sin embargo, cuando se queda solo, gestiona estupendamente.
Hasta que trabajemos esa dificultad concreta…
¿qué tal si en lugar de quedar en mi casa, quedo en la de los demás?
Eso no es rendirse.
Eso es gestionar el entorno mientras construyo herramientas.
Evitar estratégicamente no es cronificar el problema.
Es prevenir una exposición que, si se repite sin recursos suficientes, solo generará más activación, más estrés y más aprendizaje indeseado, una mayor sensibilización.
Pero luego está la vida real.
Trabajo 10 horas.
Tengo un bebé de 9 meses.
Convivo con 4 perros.
Y cada uno tiene sus propias dificultades.
Haré lo que pueda por sobrevivir (y disfrutar del proceso, aunque en ocasiones pueda parecer imposible) .
Por supuesto que trabajaré en sus necesidades individuales.
Por supuesto que intentaré mejorar sus vidas.
Pero las cartas que tengo en este momento no son las mismas que si:
No puedo hacer lo mismo.
No puedo invertir el mismo tiempo.
No puedo esperar los mismos resultados.
Y eso también hay que contarlo.
Cuando no ajustamos expectativas ocurre algo peligroso:
añadimos una capa más de autoexigencia destructiva a una vida que ya es suficientemente intensa.
Y esa autoexigencia no mejora la conducta. Mucho menos mejora la emoción subyacente.
Deteriora nuestra salud mental. Y la de nuestro alrededor.
No pretende ser un mensaje para minar la moral.
Al contrario.
Es una invitación a tomar conciencia de que bastante tenemos ya como para convertirnos, además, en nuestro propio juez implacable.
Hay una frase que repito mucho:
Evitar no soluciona el problema.
Pero evitar hasta que estemos preparados para afrontarlo con herramientas adecuadas sí evita un tremendo malestar diario… con facturas posteriores.
Exponer de forma reiterada “para que se acostumbre” no es un plan de intervención.
Es una ruleta rusa con un tambor muy cargado.
Simplificar la problemática dando una chuche cuando haga X, y dejando de darle la chuche cuando haga Y para nada ayuda. El simplificar lo que ocurre con recetas del tipo hoy 1 minuto, mañana 3, la semana que viene 6 tampoco lo hace.
La intervención emocional implica comprender raíces, variables de mantenimiento, estados emocionales, recursos disponibles y límites reales del sistema familiar.
No es lineal.
No es automática.
No es una tabla Excel.
Para.
Respira.
Evita.
Respira.
Busca ayuda si la necesitas.
Respira.
Sigue evitando si todavía no hay herramientas suficientes.
Respira.
Entiende qué ocurre.
Respira.
Aborda raíces, no síntomas.
Respira.
Diseña una hoja de ruta realista.
Respira.
Trabaja herramientas de gestión emocional (para animales humanos y no humanos).
Respira.
Y entonces…
trabaja a tu ritmo.
Sin prisa.
Sin compararte.
Sin exigirte lo que no es viable en este momento de tu vida.
Respirando.
Haciendo lo que puedes con la situación que tienes.
Respirando.
Acompañando.
Queriendo.
Y también recibiendo, no puede ser todo dar.
Por favor, escribe en algún lugar bien visible para el día a día:
Gracias por seguir intentando mejorar cada día vuestra convivencia.
Gracias por seguir buscando entender. Gracias por seguir.
Y no olvides disfrutar del proceso.
Y de la compañía. 🐾
Si te animas, encantado de leer tu experiencia 🙂